Adiós, querida Eva

Mientras lloro por tu muerte, te imagino riéndote de mí:

-Deja de llorar Susanita, la vida se ha hecho para divertirse.

Te imagino diciéndome eso mientras giras en tu silla de rueditas, como antes, hace más de 10 años lo hacías cuando compartíamos la misma oficina.

Íbamos a desayunar juntas antes de que acabara el mes. La última vez que desayunamos “como siempre” fue un sábado antes de junio, antes de que mi madre enfermara. Cuando ella enfermó, me llamaste o me escribiste no recuerdo.

– En cuanto regrese del hospital en CDMX, nos vemos- te dije pensando en que la situación sería más sencilla. Pero el asunto con mi madre estuvo muy intenso desde junio hasta fin de año y después, aún ahora, no dejamos de ir por completo al hospital.

La última vez me escribiste en febrero y yo te escribí en marzo. Nos quejamos de nuestras respectivas aventuras en hospitales. Prometimos que nos contaríamos todo cuando nos viéramos en vivo. En abril no nos escribimos… entre trabajo, familia, hospitales, gastos y viajes los días se pasaron volando.

Y en mayo, ya no alcanzamos. Al menos, en los últimos renglones que te escribí y alcanzaste a leer, te repetí que te quería.

Es la una de la madrugada del domingo y has muerto en la tarde del sábado. Tu hijo me dijo que estabas mejor y te imaginé saliendo del hospital. Pensé escribirte a mi regreso de CDMX para que desayunáramos juntas, un sábado coqueto, en el café de siempre que está al lado de tu oficina.

Sentí que apenas dejaba mi maleta en la puerta cuando me llegó el mensaje que avisaba de tu muerte.

– Debe ser una broma- pensé – o una pesadilla… o una extraña confusión.

Pero no lo era. Fui a tu velorio a las 9 de la noche y sentí tanto desconcierto que tuve que salirme un rato a llorar en compañía de mi mejor amiga. Regresé después de un rato, a rezar por ti, a despedirme de tu cuerpo en un ataúd.

¡Un ataúd! Puse mi mano sobre él para decirte adiós, con el arrepentimiento infinito de no volver a ver jamás tu rostro.

Y jamás tendremos nuestro desayuno pendiente. Un desayuno imposible de concretar en meses cuando por un par de años, desayunamos todos los días juntas.

Pedí permiso para diseñar tu esquela, la que saldrá en tu periódico. Mientras lo hago y tecleo tu nombre, no puedo creer que estoy diseñando eso, no puedo creer que escribo tu nombre en ese diseño.

Pero diseñar para ti, es mi manera de decirte adiós. Diseñar, como era mi trabajo cuando te conocí y escribir, como siempre me animaste a hacerlo.

Ha sido un honor conocerte y un honor ser tu amiga. Fuiste una mujer increíble en un montón de aspectos y el mundo debe de saberlo. Que suerte conocer a una mujer tan extraordinaria que fue mi mentora, mi amiga y hasta a ratos una figura materna adicional en mi vida. Y por supuesto, al escribir lo anterior, sigo llorando, porque soy egoísta y me duele la idea de no volver a verte.

La verdad es que sé que estás en el cielo, feliz, riéndote de mi dramatismo, jugando con tu silla de rueditas mientras bailas a ratos y avientas cacahuates con la intención de que alguno nos pegue en la cabeza.

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