Vivir y aceptar el miedo

La primera conferencia que rechacé dar fue hace aproximadamente dos años, quizás más. Había dado ya varias (un par) en distintos estados de México y recuerdo que me bajé del último avión pensando solo en ya llegar a casa. A mi departamento chiquito y en silencio, solo para mi.

– ¿Qué estoy haciendo? – me dije a mi misma mientras veía el celular, inundado de mensajes de personas que querían conectar conmigo. 

Me sentí demasiado expuesta y recordé mi timidez. Volví a sentir que tenía 13 años y recitaba una poesía ante 300 personas sin entender porque realmente lo hacía.

El teléfono vibró nuevamente y me ayudó a regresar al momento presente. Además de esos mensajes, había muchos de un par de mis colaboradores que pedían instrucciones y ayuda, de algunos de mis clientes que pedían verme o hablar y de un par de situaciones que urgía atender.

Y entonces lo sentí, el primer ataque de pánico de mi vida. Mi abuelo materno había sufrido de varios ataques al corazón así que lo primero que se me ocurrió fue ¡que YO a pesar de mi juventud estaba sufriendo un ataque al corazón!

– Me lo he buscado – pensé – y acepté que casi no había dormido, que llevaba semanas comiendo increíblemente mal, que lo poco que había dormido había sido en autobuses o aviones clase económica donde los asientos no se hacen hacía atrás. Me había equivocado al planear mi propia agenda y estaba pagando el precio con mi salud.

Y dramática como muchas veces soy, me imagine morir ahí, en pleno aeropuerto de la Ciudad de México en esa fría madrugada, a 4 horas de mi departamento vacío y solitario y a 4 horas y 40 minutos de mi amada madre y mi adorado padre a quienes tenía un par de semanas, quizás más, sin ir a visitar. Y tuve miedo.

Resultó que ni me morí, ni me dio un infarto (tuve que ir al doctor para que me explicara que era un ataque de pánico) pero el miedo se me quedo. Se hizo un huequito en mi corazón y se llevó una silla para quedarse ahí. Por eso cuando semanas después, me ofrecieron dar otra conferencia, él me aconsejo que dijera que no y le hice caso. Lo celebró instalándose con más muebles en ese pedazo de mi corazón.

– No puedes – me dijo y yo decidí darle la razón.

Más cosas pasaron, retos personales que no vienen al caso. Y profesionales, que muchos hemos vivido. La ola de cambios del país hizo que clientes leales, de años, quienes tenían una puntualidad de pago a la que ya me había acostumbrado, dejaron de pagarme.

– Necesitamos que no paren – me pidieron – necesitamos generar, danos unos meses y te pagamos.

Decidí hacerlo. Ahora veo que quizás fue una locura, la empresa ni yo teníamos la fortaleza para resistir ese reto. No me arrepiento de hacerlo, era un asunto de lealtad y esos clientes me habían ayudado a crecer y fue un honor poder ayudarlos de vuelta.

– No te van a pagar – me dijo una mujer que me detesta en una reunión de empresarias donde olvidé que ella estaba y conté que había hecho. Mi miedo le dio la razón. Y mientras ella me miraba con su aire de superioridad al mismo tiempo que se arreglaba el cabello rubio falso, el miedo celebró el segundo piso de la casa que ya había construido en mi corazón.

Me pidieron dar otra conferencia. Una marca me contacto para que escribiera de ellos en mi blog. A ambos les dije que no.

– ¡Una conferencia con tantos pagos pendientes! – se burló mi miedo y yo no tuve fuerzas para debatirle.

Más retos pasaron, las ganancias bajaron; me di cuenta de mi mala administración. Me mude y me mude de nuevo. Deje de comprar tanto café. Me enojé conmigo misma y también un poco con Dios.

– Esta es una lección que ya pasé – le dije un día al rezarle – ¡No me puedes hacer que pase lo mismo de nuevo!

Dios no quitó de mi vida los retos pero respondió a mi reclamo presentándome ayuda de distintas maneras. Y entonces volví a ver la magia, el amor, a mis hadas madrinas que nunca se habían ido y a mi maravilloso entorno que seguía ahí apoyándome sin entender porque había detenido el paso.

– No puedes, no vas a lograrlo. No te mereces tanta ayuda- susurro mi miedo mientras yo dormía y entonces me desperté ansiosa sintiendo de nuevo eso que parecía un ataque al corazón, pero esta vez duró solamente un minuto y decidí no escucharlo.

Empecé a correr en las mañanas y el dolor de músculos vinculado al ejercicio me devolvió las fuerzas.

Le di al miedo sus maletas y destruí la casa que había construido. Todo empezó a mejorar a paso lento pero seguro.

– Lo he logrado – me dije a mi misma y mi ego empezó a inflarse peligrosamente.

Y entonces el teléfono sonó de nuevo con alguien pidiéndome una conferencia en otro estado. El mismo día, una de mis mentoras me decía que me uniera a un evento en otro estado cerca. Minutos después, otras dos personas me pidieron pequeñas conferencias locales. Una más, un par de días después. Como si todos se hubieran puesto de acuerdo, entonces, llegaron emails a mis cuentas de redes sociales, a mi cuenta enlazada a mi blog. Mi corazón empezó a latir de esa manera peligrosa. Las respuestas de confirmación se atoraron en mis dedos para aquellos eventos que implican salir de la ciudad. Decidí dejar las respuestas para después e ignorar los mensajes de redes sociales, incluso no leerlos pero fue imposible no leer los emails. 

– ¿Por qué has dejado de escribir? – leí entonces en uno de los mensajes de mis lectores.

La pregunta me dolió. Me dolió tanto que busqué en Google y encontré las fotos de mis conferencias, mis artículos duplicados en otras revistas digitales. Me encontré inspirando podcats y un par de videos de Youtube, en unos incluso donde ya había dejado un par de comentarios pidiendo que pusieran el enlace a mi sitio original. Me leí a mi misma y enseguida abrí en mi computadora la carpeta de artículos incompletos.

– ¿Por qué he dejado de escribir si me encanta? – me pregunté a mi misma, aunque ya sabía la respuesta. Respiré y lloré.

Y entonces pude aceptar que el miedo seguía ahí. Sentado en su silla, se quedaba a ratos en silencio para hacerme creer que se había ido y que yo había ganado la batalla. La realidad era que no había batalla, simplemente nunca se iría por completo, ya no tenía una casa ni estaba tan bien instalado en mi corazón, pero seguiría regresando de vez en cuando, en tiempos variables en situaciones inesperadas. 

Y con ese pensamiento, decidí contestar que sí a las invitaciones tanto de conferencias foráneas como locales, contestar los correos y también decidí ponerme de nuevo a escribir.

– Lo abandonaste mucho tiempo. Ya no sabes escribir – me dijo el miedo cuando abrí este documento en blanco e inicié este texto- Nadie va a leerte, has perdido toda tu audiencia y además no te quedará un artículo tan bueno como antes.

– Posiblemente no – le contesté- pero voy a hacer esto y todo lo que quiero hacer. Al menos voy a intentarlo.

El miedo se quedó dormido mientras terminaba este artículo así que no dijo nada más. Mañana cuando se despierte para decirme que he escrito puras tonterías, ya estará publicado y no habrá nada que hacer. Las conferencias también ya han sido aceptadas así que tendrá que subirse al avión conmigo.

Y yo, yo he decidido que le tendré más paciencia. Y me ofreceré también más paciencia, más amor y comprensión a mi.

@susabaiza @susanabaizabal

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